El Conductor de Manadas

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Pero ni en las galeras, ni en la maleza ni en el arbolado hallaron recompensa alguna de su búsqueda. Deuce partió hacia la orilla del río, que no estaba lejos, y la cubría un bosque de sauces. Allí llamó de nuevo. De repente, dio un grito salvaje y saltó a la orilla, perdiéndose de vista. Texas Joe y otros vaqueros corrieron en aquella dirección. Antes de que llegaran a la orilla apareció Deuce sosteniendo a medias a una chica de pelo claro. Todos volaron entonces al encuentro de Deuce, y Reddie detrás de ellos.

―Vaya, señorita, no tenga miedo ―dijo Ackerman, al detenerse con la joven―. Somos amigos. Hemos matado a los indios. No le pasará nada.

La llevó hasta un tronco, donde la joven se dejó caer, reclinando la cabeza contra su hombro. Parecía tener unos dieciséis años. Sus grandes ojos azules sobrecogidos de horror miraban fijamente a los hombres. Algunas pecas brillaban en su rostro, que cubría una palidez mortal.

―¿Está usted herida, jovencita? ―preguntó Williams con ansiedad.

―No… no sé… Creo… que no ―contestó ella con voz desmayada.

―¿Cuántos había en su compañía?

―Seis ―susurró ella.

―Hay un hombre vivo. Tiene una barba negra. Creo que vivirá.


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