El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Deuce desplegó un lecho para la joven Hardy y, con ayuda de Reddie, la puso a descansar en la sombra. Brite tenía el mismo pensamiento que adivinaba en la mente de Reddie: que el vaquero de Uvalde había sido herido en el corazón por algo que nada tenía que ver con una bala.
La chica era más que bonita ahora que la palidez se desvanecía de su rostro y el horror de sus ojos. Era de mediana estatura, delgada, pero fuerte y de forma bien redondeada. Reddie se sentó junto a ella y le cogió la mano, mientras Deuce observaba seriamente, con gran atención.
―Cierre sus ojos y no piense ―aconsejó Reddie―. Deje que nuestros compañeros se ocupen de pensar.