El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Lo discutiremos ―repuso Williams desmontando ―Pero de antemano digo que dejemos ir a Hite con el ganado. Él no puede esquivarnos. No puede vender el ganado. No puede negociar con los indios, porque no obtendrÃa nada de ellos. Y no podrán conducir la manada.
A continuación entraron los jinetes en el campamento, dos de los cuales soportaban al herido Hardy. Éste habÃa recobrado el sentido, pero no podÃa tenerse sentado. Lo levantaron de la silla y le condujeron a un lugar cerca de su hija.
―¡Oh papaÃto! Dime que no estás herido de gravedad ―exclamó ella.
―Estoy… bien… Ann, según me dicen ―repuso él débilmente.
―Traedle un poco de whisky, y hacedle una cama ―ordenó Texas.
―Brite, ¿qué vamos a hacer con esas galeras? Creo que debemos tomar una de ellas y una carga de provisiones. Hemos visto dos caballos. Pudiéramos llevar a Hardy y a su chica hasta la tienda de Doan. ¿Qué le parece a usted?
―Me parece bien, desde luego. EnvÃa dos hombres a buscar el carro y la carga. Podemos cruzar el rÃo con las galeras tan pronto como pueda hacerlo el ganado.
―Eso será mañana. El rÃo está bajando rápidamente. Y acamparemos aquà esta noche. Eso nos dará tiempo para enterrar a esos infelices.