El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Cosas tan terribles no parecían ya increíbles. Cientos de caravanas cruzaban los llanos; miles de conductores de manadas se movían a través de las vastas extensiones de Texas. Y si unos pocos se perdían, la tragedia apenas llegaba a oídos de la mayoría. Pero Brite lo veía ahora. Si salía con vida de este viaje, y lograba lo mismo para la amable chica que había adoptado, no volvería a meterse en otra. Y no obstante, ¡qué pacífico, y aun qué pastoral, aquel escenario del valle! El río se deslizaba, amarillo como el maíz; la brisa estival agitaba la hierba y las hojas de los sauces; a lo largo de la orilla se abrían las flores y cantaban las aves; el cielo tendía arriba un dosel azul, acentuado por blancas velas de nubes. Al otro lado del río, en el alto y escarpado risco, pacía un enorme búfalo, formando una negra silueta contra el cielo, magnífico por su aspecto salvaje y símbolo viviente de aquella naturaleza dominante.
Pasaban las horas, y San Sabe no regresaba. Hacia la puesta del sol, Williams consideró oportuno que se fuesen a buscar el vehículo, los caballos y los efectos personales de Hardy antes de que anocheciera. Con este fin marchó él mismo llevando dos hombres consigo.