El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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Reddie y Ackerman trataban de inducir a Ann a que bebiera algo. Texas permanecía ocioso, sentado, mirando a Reddie con sus ojos estrechos. Moze se afanaba junto al fuego. Williams y Smiling Pete vendaban la herida de Hardy. Los demás vaqueros descansaban y hablaban entre sí en voz baja. San Sabe se había desvanecido en la espesura del declive, donde no hacía más ruido que un pájaro.

Brite buscó un asiento para sí. El ejercicio y la equitación le habían rendido de cansancio. Reflexionó sobre lo que había ocurrido aquel día y dio gracias a Dios por haberle librado de una catástrofe semejante a la que le había ocurrido al equipo de Hardy. ¡Cuán frecuentes habían llegado a ser aquellas matanzas! Caravanas de vehículos desprovistas de exploradores, de cazadores indios o de una gran fuerza de defensa caían fácilmente presa de aquellas merodeadoras bandas de salvajes. Pensó en los rumores que había oído en Fort Dodge el viaje anterior. Santana, un jefe de kiowas, especie de furia del infierno, se hallaba, según esos rumores, aliado a una banda de forajidos blancos cuya especialidad era buscar y asaltar las pequeñas caravanas, matar a todo bicho viviente y escapar con los vehículos, de modo que no quedara vestigio de la caravana ni se supiera nunca más de ella.


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