El Conductor de Manadas

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―¿Un árabe? ¡Oh, me gustaría montarlo! ―repuso Ann con entusiasmo―. Pero más prefiero ir en el carro, para estar cerca de papá.

―Usted gana, señorita ―replicó Texas con humor seco. Evidentemente, el bello sexo estaba más allá de su comprensión. Brite concibió la certeza de que la chica había dicho, simple y naturalmente, la verdad. Pero aquel vaquero de Texas sospechaba que aún quería ir al lado de su salvador.

Después de esto, todos se pusieron a trabajar, excepto los nuevos miembros del equipo. Ann descansaba con los ojos cerrados. Su padre permanecía inmóvil, como se le había aconsejado, sufriendo con paciencia. Brite pensó que el colono tenía grandes probabilidades de recobrarse. La bala no había interesado el pulmón. El envenenamiento de la sangre era la única complicación de temer. Esto ocurría con mucha frecuencia cuando una posta sucia atravesaba la carne. Evidentemente, Hash Williams era experto en el arte de vendar heridas de bala, y la medicina que Brite había traído a propósito era un preventivo seguro si se aplicaba a tiempo.

Acababa de ocultarse el sol cuando llegaron los vaqueros río arriba, conduciendo dos caballos de montar; detrás de ellos venía la galera con Williams y Smiling Pete en el pescante.


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