El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Pero, Tex, tú no puedes guiar una pareja de tiro ―prorrumpió Deuce casi con un lamento.
―¿Que no?
―Tú me lo has dicho. Y yo he guiado carros toda mi vida, desde que tengo uso de razón. Además, yo no… estoy del todo bien… Decentado por la silla, un poco mal del estómago y…
―¡Santo Dios! ¡Deuce, tú necesitas un médico! ―exclamó Texas con solicitud―. No me habÃa dado cuenta hasta ahora de tu mal semblante. ¡Claro que puedes guiar la galera de Hardy!
Con esto, se operó una considerable transformación en Deuce. Se tornó radiante. Los otros le miraron, comenzando a darse cuenta, lentamente, de su perfidia.
―Miss Ann, ¿puede usted montar a caballo? ―preguntó Texas.
―¡Cómo no! Soy un gran jinete ―repuso ella seriamente―. Verdaderamente, no estoy enferma ni lastimada, mÃster Texas. Comienzo a recobrarme del susto.
―Vaya, me alegro. Entonces, usted puede montar a caballo conmigo. Tengo un potro que le conviene perfectamente. Un pinto de Uvalde. Un árabe de verdad.
Deuce bajó la frente. Era completamente inconsciente de la sinceridad y hondura de sus emociones. Brite descubrió en él otra reacción a esta inocente broma que Texas le estaba gastando. Reddie dejó ver señales del monstruo de los ojos verdes.