El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Esta caústica observación rompió la tensión del momento. Reddie se había quedado en pie como una estatua, mirando fijamente hacia la oscuridad por donde habían desaparecido Texas y Pan. Brite no necesitó ver sus ojos esta vez; su actitud instintiva, revelaba una muda protesta.
El viento entraba de la llanura con una larga queja, soplando a lo alto un flujo de chispas encarnadas. Bramaba el trueno. Y un resplandor de relámpago reveló un negro cúmulo de nubes que se precipitaban del Oeste.
―Será mejor pensar en protegernos y proteger nuestras camas contra la lluvia ―aconsejó Brite Deuce, cuídate de que Ann y su padre estén abrigados. Moze, saca nuestro encerado. Vamos, Reddie, nosotros nos acostaremos bajo la galera; estaremos bien.
―Papá, me pregunto si mi remuda no se desbandará con la tormenta ―sugirió Reddie, indecisa en cuanto a lo que debía hacer.
―Déjala. Esos caballitos son bastante aguerridos, y permanecerán juntos si quieren.
―Reddie, yo iré a echarles un vistazo antes de que estalle la tormenta ―dijo San Sabe.
―Entonces tendrás que darte prisa.
―No es más que viento. Todavía no llueve.