El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Cuando Moze, Brite y Reddie hubieron terminado de atar y asegurar con piedras las puntas del encerado, a fin de que no se lo llevara el viento, la lluvia empezaba a caer en grandes gotas dispersas. Él y Reddie se acogieron a su refugio, y acababan de hacerlo, apresuradamente, cuando la compacta oscuridad se disolvió en un intenso fulgor blanco azulado que iluminó el campamento, los vehículos, los caballos y todo alrededor con una plateada claridad sobrenatural. Siguió entonces el estallido de un trueno que pareció hender la tierra.
La siguiente tiniebla apareció intensificada por un impenetrable y breoso negror que llenaba la atmósfera. El trueno se alejó entonces con una terrorífica y verberante resonancia.
―¿Dónde está usted, papá? ―gritó Reddie.
―Aquí estoy ―respondió Brite―. Escucha el rugido de la lluvia que se acerca.
―¡Oh! Voy a decir pronto mis oraciones; de lo contrario, no me oirá el Señor ―exclamó Reddie.
―Buena idea, chiquilla ―repuso Brite―. No tendamos las camas hasta que pase la tormenta.