El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Reddie contestó algo, pero en la apremiante furia del diluvio no pudo él distinguir el sentido. La lluvia y el viento envolvieron la galera, arremetiendo furiosamente contra la lona protectora. La tiniebla se abrió entonces ante una fantástica iluminación blanca, que flameó en todo su derredor, mostrando el torrente de lluvia, la tierra anegada, los caballos agrupados con las cabezas bajas. El trueno estallaba como si reventaran las montañas. De nuevo cayó el manto de tiniebla. Pero antes de que el eco verberante se alejara, un látigo de fuego dividió el denso cúmulo de nubes, soltando un resplandor sobrenatural que lo cubrió todo de un tinte verde-plateado, bajo el cual todas las cosas se tornaron irreales. Los blancos relampagueos se sucedieron con tal rapidez que a veces apenas surgía un oscuro intervalo entre ellos; y el tremendo rugido del trueno no cesaba.
Reddie se sentaba arrebujada bajo la galera, cubierta con la larga manta impermeable. Brite veía su rostro pálido y sus ojos oscuros a la luz de los relámpagos. El temor brillaba en su expresión, pero no parecía ser por ella. Reddie tendía la mirada sobre la llanura cruzada de relámpagos con la terrible conciencia de lo que estaba ocurriendo más allá.