El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Ha escampado por completo. Todo indica que tendremos un gran dÃa para caminar.
―¿Crees tú que caminaremos? ―inquirió Brite.
―Me atreverÃa a apostarlo ―repuso ásperamente el cazador.
―Williams, ¿te parece que nos pongamos en marcha? ―preguntó Ackerman.
―Pronto. Tú conducirás el carro de Hardy lo mismo que ayer. Pete guiará nuestra galera. Yo iré con los muchachos. Vamos a ver, asà serÃamos seis. Puede quedarse un jinete con vosotros.
―Está bien. Rolly, tú seguirás aquà con nosotros.
Cinco minutos después, los cinco estaban montados en mesteños impacientes, formidable quinteto a la pálida luz de la mañana.
―Tirad por el sendero, y seguid adelante hasta que nos deis alcance. No temáis que nos olvidemos de vosotros.
Partieron rápidamente, en grupo apretado, hecho que puso de manifiesto a los ojos de Brite la incertidumbre de su misión y el modo en que habÃa sido emprendida.
―Buen dÃa, Ann ―dijo Reddie saludando a la otra chica, cuando ésta apareció desgreñada y mojada, pero alegre y expresiva―. ¿Has oÃdo la tormenta?