El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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―Pete, tenemos que engrasar el carro ―dijo Williams con aspereza. La voz clara y alta de Reddie entró flotando en el aire. Tenía la remuda en movimiento. Uno a uno, los vaqueros fueron apareciendo junto al brillante fuego del campamento, fríos, entumecidos, mojados, silenciosos y lentos. Ackerman no se hallaba presente, de lo cual dedujo Brite que había ido con Reddie a buscar la remuda. La conjetura resultó exacta. Cuando los mesteños hubieron entrado, siguieron el cortante silbido de cuerdas mojadas, el golpeteo de pequeños cascos, el resonar de duros tacones y tal cual gruñido o reniego de un vaquero. Hecho esto, los jinetes se apiñaron en torno a Moze, pidiendo de comer.

Se iluminó la aurora. Ackerman llamó al vehículo de Hardy.

―Miss Ann, ¿está usted despierta?

―Vaya si lo estoy ―fue la respuesta.

―¿Qué tal se encuentra?

―Sin novedad, Mr. Deuce, pero bastante mojada.

―¿Cómo está su padre?

―Hijo, todavía estoy vivo y coleando ―contestó el propio Hardy.

―¡Me alegro! Miss Ann, será mejor que salga a secarse y tomar algo caliente. Pronto nos pondremos en marcha. Hash Williams marchó a paso largo hasta la hoguera, abriendo sus manos enormes.


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