El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―SÃ, muchacha. Voy a morir… Aquà en esta estepa solitaria.
―¡Jack querido! ―exclamó ella, en tono plañidero, cubriéndose el rostro con las manos y balanceándose sobre él.
―¡Ah!… ¿Lo sentirás mucho? ―preguntó Texas con voz tierna.
―Se me romperá el corazón… ¡Me moriré de dolor!
Texas Joe dejó ver una reacción peculiar para un hombre que está a punto de partir de este mundo en un momento tan horripilante. Reddie pareció también presa de convulsiones.
―Dame un beso de… despedida ―susurró el taimado, dispuesto a llevar el subterfugio lo más lejos posible.
De súbito, Reddie descubrió su rostro, que estaba rosado, y también convulso, pero sonriente. Arrancó la venda de la frente de Texas, dejando al descubierto una herida superficial sobre su sien en el cuero cabelludo.
―¡Ah, el tramposo! ¡Mira el tÃo embustero éste! ―prorrumpió ella―. Tú podrás haber engañado a una porción de chicas infelices en tu vida. Pero a ésta no la engañas tú.
―¡Demontre! ―exclamó Texas, con los ojos desorbitados―. ¡Eres más lista que…!