El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Ella reflexionó un momento; luego se irguió de pronto, animosa.
―Gracias, papá. Su sospecha me ha librado de una terrible angustia.
―Niña, anda y mÃrale las cartas a ese tramposo vaquero.
―¡FÃjese en mÃ! Venga corriendo ―repuso ella, y voló hacia donde yacÃa el mayoral. Brite marchó tras ella lo mejor que pudo, y llegó justamente a tiempo de ver a Reddie caer de rodillas con un grito de dolor.
―¡Oh, Pan…, ha sido herido! ―exclamó ella en tono horrorizado.
Pan Handle confirmó esto con una sombrÃa inclinación de cabeza. Texas yacÃa con la venda amarilla y ensangrentada que le cubrÃa la frente, y llegaba justamente a taparle los ojos. A pesar del diablo que habÃa en él, acaso no pudiera permitirse exponerlos a la mirada de Reddie.
―SÃ, Reddie, estoy herido ―dijo él arrastrando las palabras, en un ronco susurro―. Pero no importa. Pan y yo hemos librado la manada.
―¡Pero, Jack!… ¡Jack!… Tú no…, no… ―sollozó ella con un acento tan bien fingido que debió de embelesar al amante.
―Creo que… todo… ha… terminado para mÃ.
―¡No, morir no!… ¡Jack! ¡Oh, Dios mÃo!