El Conductor de Manadas

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―Bueno, yo tendré que arreglar esto ―dijo Brite―. Ackerman, tú lleva a los Hardy al puesto. Tex, tú y Pan Handle vendréis conmigo… Muchachos, volveremos pronto para que podáis ir al pueblo.

El puesto de Doan daba muestras de tener más habitantes y pasajeros de lo ordinario. En torno al puesto, en el llano terreno de pastos, había multitud de caballos. Media docena de galeras aguardaban ante las casas grises, chatas y batidas por el viento y la lluvia. Una muestra, «Almacén de Doan», resaltaba con letras negras en el lado sur de la casa mayor. Este lugar, dirigido por Tom Doan, era una factoría comercial para indios y ganaderos, y se hallaba en el apogeo de su útil y peligrosa existencia.

Hombres montados, jinetes con caballos sin silla, indios ociosos y acuclillados a las puertas, observaban a los recién llegados con interés. Los viajeros eran la vida del puesto de Doan. Pero el modo con que Pan Handle y Texas Joe desmontaron a cierta distancia de estos barbudos espectadores, y el cómo se adelantaron a pie, era sin duda tan significativo para ellos como para Brite. El grupo de doce o más personas que había a la puerta se abrió para dejar paso a los dos visitantes que se acercaban lentamente. Luego entró Brite junto con la galera de Hardy. Reddie, desobediente como siempre, se había unido a ellos.


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