El Conductor de Manadas

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―Buenos días, Tom ―dijo Brite al hombre fornido que se hallaba a la puerta.

―Buenos los tenga usted ―fue la cordial respuesta―. Ah, pero si es Adam Brite. Apéese y entre.

―Tom, tú debes de acordarte de mi mayoral, Texas Joe. Y éste es Pan Handle Smith. Traemos aquí un hombre enfermo en la galera. Hardy de nombre. Ésa que viene en el pescante es su hija. Es cuanto queda de una caravana que se dirigía a California. ¿Puedes cuidar de ellos por algún tiempo, hasta que Hardy se halle en condiciones de unirse a otra caravana?

―Por supuesto que sí ―contestó el afable Doan. Manos solícitas sacaran a Hardy de la galera y le llevaron al interior. Ann estaba en el pescante, su hermoso rostro delgado y macilento, sus ojos llenos de lágrimas, tal vez de alivio, tal vez de algo distinto, cuando bajó la vista hacia el descubierto vaquero.

―Hemos llegado a la hora de la separación, miss Ann ―dijo Deuce, con voz fuerte y vibrante―. A Dios gracias, usted estará segura en este lugar. Y su padre vendrá más tarde por el mismo camino. Tengo la certeza y la esperanza de que hemos de abrirnos paso hasta Dodge. Y déjeme hacerle una pregunta: ¿le parece bien que yo espere allá hasta que usted llegue?

―¡Oh, sí! Me… me alegraría en el alma ―murmuró ella tímidamente.


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