El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Pero no adelantó un metro a los veloces cornilargos, impelidos por miles de cuerpos que se precipitaban sobre ellos. Para horror de los que lo veían, parecía que, de hecho, la flexible manada se adelantaba a San Sabe. Su caballo tropezó al borde de la orilla y se desplomó. El jinete fue lanzado hacia delante. Un instante después una viviente muralla de animales se desprendió sobre el borde con un sordo y hueco fragor y, como por arte de magia, quedó borrada la orilla.