El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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A la luz gris del amanecer, Brite sostuvo a la vacilante Reddie en su silla, de vuelta al campamento.

―¡Papá, mi remuda!… ¿Dónde está? ―sollozó ella.

―Dentro, muchacha; dentro de esa fila de valientes ― repuso el viejo ganadero―. ¡Sana y salva!

Sólo la realidad de la salida del sol, la mañana tranquila con su dulce aire clarificado, la tierra sólida bajo sus pies y el ganado paciendo podían haber disipado la sulfurosa pesadilla de aquellas horas.

Texas Joe entró en el campamento, se desprendió de la silla y marchó cojeando hacia la hoguera.

Estiró sus largos brazos, como para abarcar toda la fresca dulzura de la mañana.

―¡En camino, compañeros! Está hecha ya la punta de la manada ―dijo con voz conmovida―. Dadme un cubo de café, si es que no hay ningún licor. ―Se dejó caer sobre un fardo protegiendo su pierna coja―. Todos mis pecados han sido purgados. El infierno que merecía lo pasé anoche.

Al cabo de otros cinco días, que parecieron interminables, y a fuerza de tenacidad y vigilancia, el equipo de Brite atravesó el afluente norte del Canadiense y acampó junto al arroyo llamado Oreja de Conejo.

El día antes habían pasado por Camp Supply a media mañana. Texas Joe era demasiado cuerdo para hacer alto. Brite entró allí con la galera.


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