El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas El aire desprendÃa un humo de azufre quemado, y contenÃa escasamente el oxÃgeno necesario para mantener vivos a hombres y bestias. Gracias a su extremada fuerza de voluntad, no llegó a caer Brite de su caballo, con Reddie inconsciente en sus brazos. Los hombres tosÃan como si estuvieran medio estrangulados. Estaban desconcertados. La manada habÃa desaparecido en esta extraña y descolorida atmósfera. Los estallidos y crepitaciones de las chispas habÃan cesado.
Lentamente, aquella niebla se fue levantando como una cortina para descubrir a los ojos de Brite las oscuras formas de caballos y jinetes. Un aire más fresco sucedió al calor. Un vasto estremecimiento de alivio pasó por la manada, y pareció vivificar igualmente a sus conductores.
―Compañeros, ¿estamos en el infierno? ―gritó Texas Joe con voz ronca―. ¿O hemos salido de él?… Muchachos, todo ha pasado. Estamos vivos para contarlo… ¡Ho! ¡Ho el equipo de Brite en el Canadiense!… La manada se arremolina, muchachos. ¡Andando! Arread, vaqueros… ¡Dios mÃo! Nuestra suerte es grande. ¡No mala, sino grande!… Y ahora, adelante hasta Dodge… Arread, vaqueros. ¡A la carga y tirar a matar!… Ha pasado la noche y se ha abierto el dÃa.
―¡Ji!, ¡ji!, ¡ji!, ¡ji! ―hacÃan los conductores volviendo los delanteros hacia atrás.