El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Éste fue el momento en que Brite creyó volverse loco. Y estos valerosos jinetes participaban de la emoción que le embargaba a él. Miraban, con la boca abierta y los ojos desorbitados, los globos amarillos que surgían como de la nada, rodaban por las laderas del cielo y saltaban estallando en resonantes destellos. Parecía que las bolas de fuego eran disparadas en toda dirección acompañadas de los largos alaridos de los animales aterrorizados.
Brite cogió a la casi desvanecida Reddie en sus brazos y la apretó fuertemente. Esperaba la muerte a cada instante. Bolas de fuego en zigzag aumentaban en número, tamaño y velocidad hasta que la tierra fue cruzada por ellas en todas direcciones. Corrían juntas para estallar en pedazos o fundirse en otras mayores. Entonces, para más horror, lo que a Brite le parecía alucinación de sus ojos, estas fantásticas bolas dieron en correr sobre el ala de su sombrero. Y sin embargo, no le hirieron de muerte, como parecía inevitable.
De pronto, Brite se percató del calor, el intenso y sulfuroso calor que le envolvía como una manta de llamas. Coincidiendo con esto, las rodantes y volátiles bolas, lo mismo que las cadenas de relámpagos que las habían precedido, se fundieron, con un extraño sonido crepitante, en una transparente niebla blanca.