El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―¡Dios de Dios! ¡Esto es terrible! ―exclamó Texas roncamente―. Hemos de salir del camino. Cuando este infierno haya pasado, la manada se desmandará enloquecida.
―Tex, han caÃdo rayos sobre la manada ―gritó Holden―. Veo ganado tendido.
―AquÃ, hombres, fuera del desfiladero ―voceó Brite.
Salieron a pleno valle, fuera de la estrecha garganta, y, caso extraño, la remuda siguió detrás de ellos, moviéndose en un solo cuerpo. Los animales se movÃan con las cabezas vueltas hacia el muro, de modo que, en realidad, marchaban hacia atrás.
Los relámpagos de trenza o cadena aumentaron en número, resplandor, longitud y anchura hasta que todos, en un instante maravilloso, se fundieron en un dosel que abrazaba toda la latitud de un cielo azulÃsimo, demasiado ardiente para la vista del hombre. Brite no podrÃa decir cuánto duró aquel terrorÃfico fenómeno, pero cuando, a las roncas voces de sus jinetes, abrió de nuevo los ojos, el pavoroso resplandor azul del cielo se habÃa transformado en globos de relámpagos.