El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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Los roncos gritos de los vaqueros sonaron como si se los arrancaran. Pero después de aquella explosión permanecieron mudos. Brite había cerrado involuntariamente los ojos al intenso resplandor. Pero aun con los párpados fuertemente apretados veía los destellos de los relámpagos. Los abrió para ver un asombroso alarde a través de los cielos. Los relámpagos se sucedían iluminando el firmamento y si les seguía algún trueno era débil y lejano. Los relámpagos brotaban de todos lados hacia el cenit, cruzándolo, y parecían prender fuego al techo de los cielos.

La remuda se contrajo, temblando, densamente apiñada, demasiado paralizada para huir. El ganado se heló en sus veredas, bajas las cabezas, mugiendo lastimosamente.

La tiniebla se había borrado de la tierra. ¡Ni una sombra bajo el muro! ¡Ni una sombra de caballo y jinete en el suelo! De pronto, el difuso relámpago se concretó en relámpagos de horquilla: magníficas ramas de fuego blanco que listaban el cielo. Éstos fueron sucedidos con la misma precipitación por largas cuerdas o ristras de relámpagos.

Gradualmente, los caballos se fueron arracimando, si no a instigación de sus jinetes, por propia voluntad. Se rozaban los costados; escondían las cabezas unos contra otros.


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