El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Pero la mano cayó con un sonoro chasquido, levantando el polvo de los pantalones de Reddie. Sus pies y su cabeza se alzaron de sobresalto, por la fuerza del golpe. La chica emitió un agudo grito de rabia y dolor; luego empezó a forcejear como un gato montés cogido al lazo. Pero Texas Joe descargó otros tres golpes antes de que su víctima se soltara por un movimiento de rodilla y se levantara de un salto. Si Brite había estado antes petrificado, se hallaba ahora electrizado. Reddie personificaba una furia que era bella y estremecedora a la vez. A Brite se le figuró que cualquier persona que no fueran aquellos vaqueros rústicos comprendería que Reddie Bayne era una chica ofendida.
―¡Salvaje! ¡Mala bestia! ―gritó Reddie, al tiempo que hacía un rápido movimiento en busca del revólver. Pero éste había desaparecido; Lester lo había recogido discretamente.
―Calma, calma, muchacho. Nada de jugar con las armas. Todo esto es de broma ―dijo Lester.
―¡Un cuerno, broma! ―Y rápida como un relámpago saltó para dar a su ofensor, congestionado por la risa, un tremendo puntapié en la canilla. Esto era harina de otro costal.
―¡Aggh-gh-gh! ―bramó Texas Joe cogiéndose la pierna y retorciéndose de dolor―. ¡Ay, Dios mío! ¡Mi pierna!