El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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―¡Jesús, Jesús! ―exclamó Reddie con voz abatida y espantada. Y espoleando su caballo se desvaneció en la tiniebla.

―¡Vaya! ―se dijo Brite, asombrado, Era evidente que había dicho algo impertinente―. Le sentó mal la idea. ¿No se habrá fugado ahora?

Brite marchó lentamente al campamento. Hallett y Ackerman estaban ya junto al fuego, bebiendo café. San Sabe apareció a caballo, con el resto de su melodía en los labios. El caballo de Reddie estaba parado a poca distancia, a la luz de la luna, y algo, postrado y oscuro, aparecía junto a un macizo de arbustos. Brite fue en busca de sus mantas.

Al otro día por la mañana, cuando Brite se presentó para tomar el desayuno, Whittaker y Pan Handle eran los únicos conductores en el campamento. Comían apresuradamente.

―La manada va en movimiento, jefe ―anunció Smith ―Nos han llamado.

Brite contestó a sus saludos, mientras prestaba oído al lejano rumor de pezuñas y cascos. Era temprano, pues todavía no había salido el sol. Un cielo claro, limpio de nubes, y un aire suave daban testimonio de la promesa del tiempo.

―¿Dónde anda Reddie?


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