El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Exacto… AvÃa, sin lavar, Moze. Y ponte en marcha sin demora.
―En seguida, señor.
Brite montó en su pequeño bayo. Como todos los demás, tenÃa que montar el caballo que Reddie pudiese ofrecerle oportunamente, y en este caso comprendió que la suerte no le habÃa favorecido. El bayo mostraba inclinación a tirarlo por encima de las orejas; pero espoleándolo a través de la sabana, Brite logró corregirle este defecto. Un rojo disco de sol asomaba sobre el horizonte oriental. El dÃa habÃa comenzado. Bandadas de pájaros negros se levantaban del agua y volaban en dirección del ganado. Una distante nube de polvo se movÃa, a poca altura, hacia el norte. Brite alcanzó aquel punto, hallando que el ganado moderaba su marcha y se dilataba la manada. Bayne mantenÃa en orden la remuda a la derecha, una milla más atrás.
Ackerman se sentaba en su mesteño, aguardando por Brite, al cual sin duda habÃa visto venir en la misma dirección.
―Jefe, ¿ha pasado usted junto a un toro muerto, allá atrás? ―preguntó.
―No; no lo he visto.
―Yo he tenido que matarlo.
―¿Por qué?
―Alguien lo habÃa inutilizado. Una pierna rota de una bala de fusil de aguja.