El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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―¿Cómo es posible? No llevamos aquí ninguna de esas armas que se usan para los búfalos.

―A mí también me parece extraño. Debe de haber sido justamente antes del amanecer.

―¿Lo sabe Texas Joe?

―No puedo decírselo. Me figuro que no. Estaba libre de guardia. Entró al amanecer, como yo. Pero uno de los compañeros debe de haber oído el disparo.

―Ah, ya. En torno al lago hay un bosque muy denso. Puede que hubiese un campamento en algún lugar. Alguno que quería comer carne, tal vez.

Brite marchó a ocupar su puesto en un ancho espacio abierto detrás de la manada; una vez allí hizo ir al paso a su caballo y descansó, escrutando el horizonte hacia el sur. Las horas transcurrieron agradablemente para él. A media tarde, la larga, interminable cadena de colinas, casi imperceptible hasta haberla traspuesto, quedaba atrás de la manada, y al frente el terreno formaba pendiente hacia el lecho de un arroyo. Anchos y blancos bancos de arena ceñían la serpeante cinta de agua. Al otro lado, en la lejana orilla, bosques de árboles y lozanos campos de pasto llanos invitaban a acampar y al descanso nocturno. Cuatro conductores dieron paso de uno a otro a las órdenes del mayoral, que se transmitían sucesivamente hacia atrás, gritando: «Cruzad por arriba adelante. Empujad a los rezagados».


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