El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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Brite vio que la cabeza de la gran manada torcía hacia el oeste a lo largo de la orilla. Siete jinetes se reunieron en aquel lado. El ganado quería beber; después de beber, atravesaría la corriente. El peligro residía evidentemente en que los rezagados se salieran de la margen arenosa para internarse en lugares difíciles. Los disparos daban muestra de los métodos violentos empleados en la conducción del ganado. Brite no recordaba exactamente por dónde cruzaba el sendero, pero calculó que sería por algún lugar a lo largo de aquella línea. Smith agitó un pañuelo rojo desde lo alto de una eminencia que se hacía en la orilla. Era el único que montaba en el lado occidental de la manada. Luego desapareció, y el ganado pareció rodar en una agitada corriente por el recuesto. La masa posterior de cornilargos se agolpaba contra los que iban delante, y el chocar de cuerpos crecía incesantemente junto con el mugido de las vacas. Brite advirtió que él era más necesario hacia el flanco derecho, para ayudar a mantener en fila a los que tenían tendencia a extraviarse, y para evitar que los morosos diesen la vuelta. Cuando el frente rojo y blanco de la manada empezó a vadear chapoteando, el peligro de que la retaguardia retrocediese se hizo mayor, y el trabajo de los jinetes pasó, de faena difícil, a riesgo trabajoso. Siete jinetes se distribuían en aquel lado la tarea. Reddie Bayne puso en fila la remuda a la izquierda; luego fue a reunirse con los conductores a la derecha. Brite le gritó que no se pusiera frente a aquellos feos animales conocidos por cuernos-usgosos. Algunos de éstos embestían, pateaban como mulas y agitaban perversamente la testuz. Cuando, al fin, el extremo posterior de la manada se adentró, en su forma irregular, en la vadosa corriente, dejó un número de reses atascadas en la arena movediza. Éstos pertenecían en su mayoría a aquella especie de ganado ingobernable que se salvaba a impulsos; otros se hundían; todos mugían desesperadamente.


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