El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―San, baja y tira tu lazo a ese maldito toro ―ordenó Texas, y cogiendo la cuerda de Ackerman la ató al pomo de su arzón. Se hallaba hundido hasta la mitad del muslo en la arena movediza, y evidentemente expuesto a desaparecer.
―Ya estoy firme, Deuce ―gritó San Sabe haciendo girar su caballo―. Ahora, tira de ellos.
Los caballos se precipitaron; silbaron las cuerdas. Texas fue extraído de costado pero adherido a la cuerda que empuñaba. Los jinetes libraron al toro del fango que lo aprisionaba y comenzaron a arrastrarlo contra la corriente. Luego se dejó llevar y, haciendo pie, comenzó a gatear como una gigantesca tortuga de lodo. Un tercer jinete acudió a enlazar el toro, y entonces, las tres sogas adheridas a él, fue literalmente arrastrado fuera de la arena movediza. Texas maldijo al viejo bruto de los cuernos-musgosos como si fuera un ser humano.
Brite disfrutaba con esta escena, y sólo una vez creyó necesario echar una mano; luego le rechazaron. Estos jóvenes jinetes montaban y voceaban como indios comanches, fieros y llameantes los ojos, dando a veces gritos estridentes. Sus votos y su genio ceñudo convenía a sus acciones: todo era duro, primitivo y como fatal en ellos.