El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas La última vaca, más infortunada, parecÃa demasiado lejos y profundamente hundida para ser extraÃda. Pero estos hombres insistieron. Hicieron cuanto era posible, menos marcharse y vadear la corriente. Los lazos eran demasiado cortos. Sólo uno prendió en un cuerno, y se escurrió.
―Ya se ha ido, muchachos. Se está ahogando. Vamos, dejadla de una vez.
―¡Oh! Hay que rematarla, para que no sufra más ―dijo uno de ellos.
Sonaron disparos. Una bala pasó rozando el testuz del animal.
―¡Ea! ―dijo Texas sacando su revólver ―; creÃa que los vaqueros del Uvalde tenÃan mejor punterÃa.― Tomó punterÃa. Su postura era significativa. Al sonar el disparo, uno de los desorbitados ojos de la vaca desapareció; dejó caer la cabeza y se hundió hasta que sólo la punta de un largo cuerno quedaba a la vista.
―¡Ah, vaya punterÃa! ―dijo, riendo, Deuce Ackerman al enfundar su revólver.
―Tex ―dijo Holden ―, sólo deseo que tus balas den asà en el blanco cuando algún piel roja esté a punto de quitarme el pericráneo.