El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Deuce Ackerman estaba a mujeriegas en su caballo, acechando hacia el rÃo a través de la franja de árboles.
―Tex, ¿has visto aquel toro inutilizado esta mañana? ―preguntó.
―No. ¿Cómo, inutilizado?
―SÃ. Por un tiro de fusil de los que se usan para cazar búfalos. TenÃa una pierna rota. Yo lo rematé.
―¡Fusil de búfalos! ¿Quién lleva esa arma?
―Nadie.
―Deuce, ¿estás seguro? ―preguntó Texas, súbitamente interesado.
―Desde luego. Conozco los fusiles de aguja, y los agujeros que abren.
―¿Qué es lo que crees tú?… ¡Ea, jefe! ¿Oye usted lo que dice?
―SÃ. Me lo dijo ya esta mañana ―replicó Brite.
Pan Handle Smith se puso con una rodilla en el suelo y otra en el aire, según la costumbre de los vaqueros, y miró atentamente a Ackerman.
―Alguien que no pertenece a nuestro equipo disparó contra aquel novillo esta mañana hacia el amanecer ―continuó el jinete.
―Texas, yo he oÃdo el disparo ―intervino Smith―. Su detonación me despertó.