El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Ah, entonces habrÃa un campamento cerca de nosotros. CreÃa sentir olor a humo cuando atravesábamos el valle.
―Seguramente. Yo he visto humo hacia el oeste. Formaba una pequeña franja contra el poniente amarillo.
―Gente acampada que necesitaba carne, me figuro ―dijo Brite, sugiriendo aquello que querÃa creer.
―¡Quiá! ―repuso Deuce, después de reflexionar Aquél era un toro viejo y duro. Y habÃa sido herido desde lejos. Alguien disparó contra la manada en masa, pero no por la carne.
―Entonces ¿por qué? ―demandó Texas vivamente.
A esto nadie contestó. Brite sabÃa que los tres jinetes pensaban lo mismo que él, y que querÃa expresar sus sospechas.
―Allà viene Moze ―continuó Ackerman―. Vamos, Reddie. Tú tienes un buen caballo. Le ayudaremos a pasar.
Los dos partieron bajo el arbolado a lo largo del arroyo Moze habÃa detenido la galera en la orilla opuesta, desde donde buscaba, evidentemente, un lugar seguro para cruzar la corriente.
Texas miraba sucesivamente a Brite y a Pan Handle, y el frÃo y curioso brillo de su mirada ambarina sugerÃa algo inquietante.