El Conductor de Manadas

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―La pérdida no es grande, si no va más allá.

―No. Pero para ser un tejano viejo, está usted bien predispuesto acerca de esos cuatreros o salteadores.

―Tex, me figuro que uno de estos días se saldrá de sus casillas ―dijo Deuce riendo.

Reddie apareció a galope detrás de media docena de mesteños trapajosos. Los jinetes se desplegaron agitando brazos y cuerdas para acorralarlos en un rincón. A poco, sólo quedaban Brite, Texas Joe, Reddie y el negro en el campamento. Texas parecía hambriento y taciturno. Tenía prisa. Reddie recibió su taza y cacerola de manos de Moze y se acomodó en un asiento improvisado, donde se puso a comer con buen apetito.

El sol brotó, rojo, de un horizonte de púrpura; la llanura entera cobró entonces un tinte rosado. Hasta los pájaros anunciaban esta transformación. Brite hizo una pausa para recibir el fresco esplendor de la mañana. Los altos pastos de grama lucían con un brillo de plata y las flores se levantaban con sus hermosos y pálidos rostros hacia el Este.

De súbito, Texas Joe se levantó jurando por lo bajo. Su cabeza enjuta se estiró como la de un halcón en dirección al Sur.

―¿Qué es lo que escuchas, Texas? ―preguntó Brite vivamente.

―Caballos.


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