El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —En el maletÃn de mi caballo hay una buena tajada de carne de ciervo, Moze, y te daré la mitad si vas a buscármela —dijo otro.
Moze salió inmediatamente, lleno de alegrÃa.
A la luz de la llama el rostro de Snake aparecÃa enjuto y alargado como el de un ofidio. Sus ojos brillaban con siniestro fulgor y su cuello larguirucho y su cuerpo desmadejado contribuÃan a darle marcada semejanza con un repugnante reptil.
—Snake, ¿qué tenemos que tratar aquà con Beasley?, —quiso saber Jim.
—Ya lo sabrás cuando yo mismo lo sepa —contestó el capitán de la banda con aire caviloso.
—¿No hemos despojado ya a bastantes gringos sin ganar nada? —preguntó el más joven de la pandilla, un muchachote ovos labios pálidos y ojos hambrientos le distinguÃan de sus camaradas.
—Tienes razón, Burt, y yo pienso lo mismo que tú —declaró el que habÃa enviado a Moze a buscar su carne.
—Snake, estos montes no tardarán en estar cubiertos de nieve —dijo Wilson—. ¿Vamos a invernar en la cuenca del Tonto, o a orillas del Gila?
—Calculo que tendremos que galopar bastante todavÃa antes de que podamos dirigirnos hacia el Sur —respondió Snake no de muy buen talante.
En aquel momento volvió Moze.