El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Jim, aquà traigo un haz de leña seca como la yesca —dijo otro.
Varios golpes y chasquidos dieron a Milt Dale la seguridad de que los de abajo se esforzaban en arrancar de los leños unas cuantas astillas con que encender el fuego.
—Déjame tu pipa, Snake, y ahora mismo tendremos fuego.
—Quiero mi tabaco para mà y no me interesa el fuego —contestó Snake.
Sonaron los golpes repetidos del acero contra el pedernal, prueba palmaria de los esfuerzos de Jim por hacer brotar la llama. De repente hÃzose un poco de luz en la estancia, y el siseo del fuego prendiendo en la leña se dejó oÃr claramente en la habitación.
Dale estaba tendido boca abajo y los chisporroteos le enviaban chispas cerca de los ojos. Cuando la llama era bastante viva, podÃa distinguir perfectamente a los hombres que tenÃa debajo. Jim Wilson era el único a quien conocÃa de todos ellos. Wilson, mucho más antiguo en aquellos contornos que Snake Anson, no era tan malo como los hombres con quienes solÃa juntarse. CorrÃan rumores de ciertas desavenencias entre él y Snake.
—El calorcito del fuego se agradece —dijo Moze, un hombre ancho de hombros y muy moreno—; se nota la proximidad del otoño. ¡Si no tuviéramos tanta hambre!