El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Se internaron con los caballos por la espesura. A Elena le parecía que entraban en un mundo distinto, que acabaría por cautivarla. Los pinos eran gigantescos. Sus troncos, morenos y retorcidos, daban la sensación de robustez. Los árboles crecían bastante separados unos de otros. Entre ellos abundaban los arbustos cubiertos de flores. La flora de la región era interesantísima, consistente en su mayor parte en una planta herbácea de color argentino. El suelo estaba cubierto por una verdadera alfombra de pinochos secos. De vez en cuando tropezaban con algún árbol caído al peso de los años. El silencio era imponente, mas a pesar de él los caballos andaban sin hacer ruido, gracias a la gruesa capa de pinochos y hojas secas que cubrían el suelo. No solamente la alfombra de pinochos amortiguaba las pisadas de los caballos, sino que impedía que los cascos dejaran marcadas su huella en el suelo. Ni un solo vestigio de su paso dejaban los animales tras de sí. Muy aguda tenía que ser la vista que fuera capaz de seguir la pista de los viajeros. Esto devolvió la tranquilidad a Elena, quien por primera vez desde que salió de Magdalena sintió aligerársele el corazón del peso que lo oprimía. No creía que fuera posible hacer aquel viaje en circunstancias más favorables. Bo era demasiado joven, demasiado alborotada, demasiado impulsiva, para detenerse a analizar las circunstancias del viaje. Aceptaba los hechos con entusiasmo, tanto que Elena empezaba a sospechar que su hermana no sólo no temía, sino que deseaba ardientemente las aventuras. No se podía negar que corría la sangre de los Auchincloss por sus venas. También Elena empezaba a sentir ciertos impulsos, ciertos deseos contra los que había estado luchando aquellos tres últimos días y que hasta entonces nunca había sentido. ¿Sería que también su sangre le pedía luchas y aventuras?


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