El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Bo amaba la acción, pero carecía de espíritu contemplativo. Su mayor entusiasmo consistía en ayudar a Dale a guiar los caballos y obligarles a marchar en correcta formación. Montaba admirablemente y resistía a maravilla el cansancio y la fatiga. Elena, en cambio, sucumbía más fácilmente; no tanto, sin embargo, que perdiera el interés de cuanto le rodeaba.

Un bosque espeso sin pájaros le parecía una cosa imposible. Elena amaba a los pájaros más que a ninguna otra criatura en el mundo; conocía muchas especies e imitaba el canto de algunos. Si las aves brillaban por su ausencia, las ardillas, en cambio, abundaban extraordinariamente. Las había de varias especies y tamaños; unas, más valientes, se quedaban quietas, mirando con curiosidad a los jinetes; otras huían despavoridas apenas se daban cuenta de su proximidad.

Dale detuvo su caballo y extendiendo su brazo señaló a Elena un grupo de ciervos que mostraban su recelo enderezando las orejas. Por su posición y sus actitudes formaban con el fondo del paisaje un cuadro encantador. De repente huyeron a la desbandada en loca y precipitada carrera.



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