El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Pasaban las horas y el sol empezaba a declinar, enviando haces de sus rayos dorados sobre las copas de los árboles, y los colores de la selva acentuaron a la vez su oscuridad y su brillo; la luz fue debilitándose. El crepúsculo se avecinaba de prisa.
Elena oyó el chapoteo de los caballos en el agua. Cruzaron varias charcas de agua cristalina cubierta de musgos. Llegaron luego a un lugar menos frondoso en donde los pinos eran gigantescos, pero crecÃan más separados unos de otros. A la derecha se elevaba un pequeño mogote de pura peña, no más alto que la mayorÃa de los árboles. Desde un punto no muy fácil de determinar se oÃa el ruido de un torrente.
—Big Spring —anunció Dale—. Hemos de acampar aquÃ.
Una detenida inspección demostró a Elena que todas aquellas pequeñas corrientes de agua procedÃan del subsuelo del mogote.
—Me muero de sed —dijo Bo con una de sus acostumbradas exageraciones.
—Me figuro que nunca olvidará usted el sabor de esta agua —dijo Dale.
Al ir a apearse Bo no tuvo fuerzas para mantenerse en pie y cayó al suelo cuan larga era, costándole gran trabajo levantarse. Dale corrió en su ayuda.
—¿Cómo es eso que las piernas no me obedecen? —preguntó Bo, llena de asombro.