El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Empezó a perder el interés por el bosque y la selva cuando los dolores que sentía por todo el cuerpo aumentaron en forma bastante molesta. Hasta entonces, muchas veces se distraía hasta el punto de olvidarlos; desde aquel momento esto era ya imposible. Los músculos del costado, encima de la cadera, le dolían sobre todo de un modo tanto más insoportable cuanto que no eran persistentes. El dolor atacaba y desaparecía inopinadamente. Una vez iniciado, Elena podía defenderse de él, inclinando el cuerpo, pero como solía presentarse cuando ella menos lo esperaba, el primer ataque era verdaderamente agudo. Muchas veces lo aguardaba equivocadamente, y cuando se atrevía a respirar, sentía de repente lo mismo que si le clavaran un puñal en el flanco. Éste es uno de los sufrimientos más terribles que ha de padecer una persona que cabalga largamente por vez primera. La belleza del bosque, el paisaje espléndido y salvaje, la distancia infinita, todo perdía interés delante de este dolor insoportable. Por fortuna no tardó en hacer un descubrimiento: el trote era lo que más la hacía sufrir. Cuando Ranger marchaba al paso, el dolor era menos agudo. Por lo tanto, Elena procuraba refrenar al animal hasta que Dale y Bo iban a perderse de vista; entonces lanzaba el caballo al galope para alcanzarlos.