El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Elena y Bo se sentaron sobre un peñasco cubierto de musgo y alargando la cabeza bebieron con delicia pero sin avidez, no olvidando la recomendación de Dale, unos cuantos sorbos de la fría y cristalina agua. Tan acaloradas estaban y tan sedientas, que de no haber seguido previsoramente el consejo, no hay duda que hubieran pagado la imprudencia con una grave enfermedad. Elena contempló un rato el agua. Era tan pura e incolora como fría e insípida.
—¿No te recuerda, Bo, esta agua la del surtidor de nuestra casa?, —fue la evocación de Elena. Y con el recuerdo del lejano hogar las dos hermanas continuaron bebiendo lindamente hasta saciar por completo su sed.