El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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De pronto el aire se llenó de aullidos y ladridos intensos y angustiosos. Era algo verdaderamente salvaje, imponente. No tardaron en columbrarse algunas formas en el borde de luz diseminada por la hoguera. Oíanse las suaves pisadas de los animales en los continuos y ululantes gemidos. Elena no recuperó la tranquilidad sino cuando la manada de los hambrientos y trashumantes coyotes se hubo alejado.

El silencio volvió a reinar en el bosque. A no ser por la ansiedad que le embargaba el ánimo, Elena habría saboreado con íntimo placer las delicias de aquel silencio acogedor.

—¡Oh, oigan ustedes a ése! —les dijo Dale, con voz emocionada.

Las muchachas prestaron de nuevo oído atento. Esta vez, sin embargo, el aullido se dejó oír claro y perceptible, como un largo y lúgubre lamento.

—¿Qué es esto? —preguntó Bo.

—Esto es la voz de un gran lobo gris. El lobo solitario de los bosques —explicó Dale—. Debe de andar por alguna peña de un collado que hay aquí detrás. Nos ha olido y protesta. Ya se aleja, fíjense. ¡Y está hambriento!

Elena mantuvo su vista fija en Dale, mientras escuchaba aquel aullido tan lúgubre y pavoroso que era imposible oírlo sin estremecerse de miedo.


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