El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Unas cuantas gruesas gotas de lluvia le recordaron que dormía al raso, al caerle inopinadamente en la cara. Una ráfaga llevó hasta su nariz el olor de leña quemada, evocando los días felices de su niñez en que se divertía con sus hermanos encendiendo grandes hogueras en el jardín de su casa. Los ruidos del viento en la selva eran cada vez más fuertes y amenazadores. Elena estaba asustada, temerosa. ¡Cuán violento y amenazador soplaba el viento! Parecía un ejército que se aproximara con todo el estruendo de sus cañones e impedimenta. El estrépito volvía a llenar el bosque, se alejaba, e inmediatamente se acercaba una y otra vez. A ratos cesaba el viento. Ni una hoja, ni un pinocho temblaba en la rama; pero el aire era denso, opresivo. El bramido aumentó luego en forma tal que aquello no era va el estrépito del viento, sino terrible aquelarre, un infernal estruendo parecido al que produciría un océano desbordado que de repente invadiera y se tragara la tierra. Bo se despertó arrimándose a Elena, presa de pavor. La tormenta estaba encima y Elena sintió moverse la silla de montar balo su cabeza. El gigantesco pino se meneaba como si fuera a desgajarse. En las copas de los árboles el viento quebraba las ramas como cañas.




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