El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque En cuanto abrió los ojos todos los recuerdos del dÃa anterior volvieron a su mente como si tan sólo hubieran transcurrido unos minutos. Pero era ya de dÃa, aun cuando el sol estaba oculto tras las densas y grises nubes. Las hojas de los árboles escurrÃan el agua gota a gota. El fuego chisporroteaba elevando al cielo retorcida columna de humo azul. Hasta Elena llegó el estimulante olor del café. Los caballos se mordÃan y coceaban jugueteando. Bo estaba todavÃa profundamente dormida. Dale, entregado a sus ocupaciones junto al fuego, las suspendió de pronto para erguir la cabeza y escuchar. En aquel mismo instante sonó un grito en la espesura. Elena reconoció en seguida la voz de Roy. Inmediatamente oyó un chapoteo en el agua y las pisadas de caballo acercándose. Unos minutos después el mesteño de Roy penetraba en el campamento con su dueño sobre sus lomos.
—Mala mañana para los patos, pero magnÃfica para nosotros —fueron las primeras palabras del recién llegado.
—¡Hola, Roy! —exclamó Dale con inconfundible alegrÃa—. Hace un rato que te esperaba.
Roy saltó del mesteño con agilidad y con rápidas manos le desensilló en un periquete. El animal tenÃa la piel húmeda de sudor y agua. Con el calor de la agitada carrera salÃa de todo su cuerpo un espeso y cálido vaho.