El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Nunca hubiera dicho cuánto bienestar puede proporcionarnos un poco de fuego —dijo Bo a su hermana.
Diez minutos necesitó Elena para secarse y calentarse. La oscuridad envolvÃa el bosque; pero aquella hoguera iluminaba el campamento con viva claridad. CrujÃan los leños y saltaban las chispas, saliendo de la llama una densa y reducida columna de humo. Dale cogió una estaca apartando unas cuantas brasas, encima de las cuales colocó la cafetera, y dijo:
—Roy ha prometido a las muchachas pavo para esta noche.
—Tal vez podamos comerlo mañana si el viento es favorable; de otro modo será muy difÃcil que podamos cazar a ninguno de estos animales.
—Roy, a mà me bastará con un plato de patatas —declaró Bo—. En mi vida volveré a comer dulces ni pasteles. Nunca he sido golosa. En cambio, he sido siempre muy tragona. Pero se puede decir que no he sabido lo que es hambre hasta ahora.
—Todo ha de aprenderse —dijo Dale con una mirada significativa.
La felicidad de Elena no tenÃa lÃmites; en el breve espacio de unos minutos habÃa pasado de las mayores penalidades a una dulce comodidad.