El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La lluvia seguía cayendo insistentemente, los árboles escurrían el agua convertidas sus hojas en canales, el cielo estaba cada vez más encapotado. Todo el suelo estaba convertido en una marisma con charcas y pozas por todas partes. Ante tan desolador espectáculo, el recuerdo del hogar surgía en la mente de Elena cada vez con mayor viveza. Tan quebrantada y molida estaba, que el descanso permitido por el breve tiempo que podía sentarse sobre la hierba, le parecía más bien que un alivio una burla irritante o una mentira. No podía creer que hubiera llegado verdaderamente la ocasión de reposar un instante. Era evidente que el lugar en que se hallaban había sido el campamento de algunos cazadores o pastores, pues había en él algunas señales de haber habido fuego. Dale levantó el extremo quemado de un leño y lo hizo saltar en menudos trozos, de un golpe. No tardó en encontrar otros leños con las mismas señales evidentes ele haber ardido en parte. Era asombrosa la fuerza y la facilidad con que Dale partía los leños semiquemados. Reunía una buena colección de ellos y los amontonaba en el suelo. Roy cogió un hacha haciendo de ellos numerosas astillas. No tardó en salir una densa columna de humo mientras Dale soplaba con su sombrero. Una hermosa llama prendió pronto en la leña disipando el humo gracias a Roy, que en aquel instante había reunido una gran cantidad de astillas secas sacadas del interior de un tronco. Las echó encima del fuego y comenzaron a crujir. Arreglando los leños construyeron una especie de caballete sobre el que colocaron nuevas ramas y troncos secos formando de esta manera una hoguera cuya ígnea pirámide se elevaba a gran altura lanzando una columna de humo denso y negro hacia el cielo. No más de dos minutos habían sido necesarios para llegar a este resultado. El calor de la llama desentumeció las ateridas manos de Elena. También Dale y Roy estaban calados hasta los huesos, pero no necesitaban ir a calentarse junto al fuego. Ataron una cuerda entre dos pinos colocando en forma de y una lona impermeable que sujetaron al suelo por sus cuatro extremos. Debajo de este improvisado toldo se colocaron los equipajes de las muchachas, las provisiones y las mantas. Estas operaciones se efectuaron en cinco minutos según cálculos de Elena. En tan corto espacio de tiempo, el fuego había prendido en casi todos los leños. La lluvia continuaba cayendo insistentemente, pero no con tanta fuerza que impidiera la combustión de la leña. El calor de la llama evaporaba el agua antes de que ésta pudiera llegar a mojar el combustible. Al principio, los sufrimientos de Elena no sólo continuaban, sino que parecían aumentar en intensidad; pero bien pronto, la persistencia del calor le hizo sentir un dulce y durable bienestar.