El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Milt Dale se sentó despacio y clavó sus ojos pensativos en la oscuridad.
Era un hombre de treinta años. A los catorce había huido del colegio y de su casa de Iowa para agregarse a una caravana de colonos exploradores. Fue uno de los primeros en ver cabañas de madera en las laderas de Montañas Blancas. La vida monótona y pacífica del rancho no le gustaba y llevaba ya doce años viviendo en la selva, con raras, muy raras visitas a Pine, Show Down y Snowdrop. Esta vida, selvática y solitaria, no significaba desamor por sus semejantes, pues se interesaba por ellos y era bien recibido en todas partes; pero la selva le atraía con su inmarcesible belleza, su encanto, sus peligros, sus misterios, y él la amaba con la fuerza instintiva de un salvaje.
La casualidad le había permitido descubrir una confabulación contra la única persona, entre todos los honrados habitantes de la región, a quien no podía considerar como un amigo.
—Ese Beasley —soliloqueaba—, ese Beasley, en oscuros tratos con Snake Anson. Tiene razón. Al Auchincloss está en las últimas, el pobre. Será inútil que le cuente lo ocurrido, pues no me creerá.
Después de lo que acababa de oír Dale, tenía que ir apresuradamente a Pine.
