El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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IX

Elena se quedó sin palabras cuando al mirar a su hermanita leyó en el pálido rostro de ésta sus recelos y temores. Era indudable que Bo repasaba en aquellos momentos en su memoria los cuentos e historias de viajeros extraviados que habían hallado la muerte en el desamparo de aquellas inmensidades.

—Milt y yo nos encontramos perdidos con frecuencia —explicó Roy—; no pensarán ustedes que es posible conocer al dedillo todos los rincones y vericuetos de un país como éste. Para nosotros perdernos no tiene ya ninguna importancia.

—¡Oh, yo me perdí un día siendo muy niña!, —recordó Bo.

—Tal vez hubiera sido mejor ocultarles la contrariedad —dijo Roy con aire compungido—. No se apuren ustedes demasiado, porque yo no necesito sino encaramarme a uno de los picachos de Old Baldy para hallar el camino.

Elena recuperó la esperanza al ver trotar a Roy en dirección Oeste hacia la cumbre de uno de los promontorios que había dejado atrás. Allí estaba Old Baldy, alto, oscuro e imponente, con sus laderas cubiertas de bosque ocre y verde, desnudas a trechos.

—No nos hemos apartado del camino tanto como temíamos —anunció Roy dando vuelta a su caballo—. Esta noche dormiremos en el campamento de Milt.


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