El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Condujo a su caballo a un valle al pie de la cordillera, remontando luego otra altura, en donde el bosque presentaba un aspecto distinto. En vez de pinos poblaban el suelo los abetos y los chopos. Tan exuberante era la vegetación, que la luz apenas podía atravesar el follaje.
La marcha era penosa. Abundaban los ventisqueros, que era preciso sortear, y los árboles caídos que interceptaban el paso. Los caballos hundíanse con frecuencia en el barro, hasta los corvejones. Los troncos aparecían cubiertos de musgo.
¡Cuán hermoso era aquel bosque primitivo! ¡Tan callado, tan oscuro, tan sombrío! ¡Y tan oloroso, tan fragante! Los montones de árboles caídos, arrancados de cuajo y hacinados por la tempestad, eran prueba patente de la violencia del viento en aquellos parajes. Alrededor de algún árbol gigante que había resistido los furiosos embates del vendaval, crecían otros arbolillos pequeños como promesa cierta de una frondosa repoblación del bosque. Hasta los árboles parecían luchar unos contra otros. La selva era un lugar lleno de misterios; pero el ojo menos avezado a penetrar los arcanos de la Naturaleza descubría fácilmente la ley ineluctable de perpetua lucha.