El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque La silueta de Dale se dibujó, débilmente iluminada, sobre el fondo oscuro del paisaje en sombras.
—¿Cómo has llegado tan tarde? —preguntó.
—Me he extraviado —fue la compungida contestación de Roy.
—Me lo temía. Por eso deseaba que las señoritas hubiesen venido conmigo —dijo Dale, alargando la mano para ayudar a Bo a descender del caballo.
Bo aceptó la ayuda ofrecida, y al ir a sacar los pies de los estribos resbaló, cayendo en brazos del cazador, quien, sosteniéndola para que pudiera mantenerse en pie, le dijo con solicitud:
—Un centenar de millas en tres días es un recorrido tan notable para unas señoritas no acostumbradas a estos trotes, que su tío Al se sentirá orgulloso de ustedes cuando tenga conocimiento de la proeza. Ahora ha de dar usted algunos paseos para desentumecer las piernas.
Y diciendo esto acompañó a Bo, como si estuviese enseñando a andar a una niña en sus primeros pasos. Elena estaba admirada de ver a su hermana dejándose conducir sin pronunciar palabra. A su vez también ella avanzaba con dificultad asistida por Roy.