El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Una de las gigantescas rocas tenÃa la forma de una concha. De una hendidura brotaba un claro manantial. El fuego preparado por Dale ardÃa bajo un pino, lanzando al cielo una densa columna de humo azulado. Sobre la hierba habÃa multitud de bultos y paquetes, abiertos muchos de ellos. No se descubrÃa allà signo alguno que revelara ser aquel paraje el lugar elegido por Dale como refugio y albergue. Pero algo más lejos habÃa ciertas cuevas que quizás utilizara el cazador para guarecerse.
—Mi campamento está algo más lejos —manifestó Dale, como si hubiese adivinado los pensamientos de Elena—. Mañana disfrutarán ustedes de mayor comodidad.
Elena y Bo se acomodaron lo mejor que pudieron con sus mantas y sillas de montar, mientras los hombres se dedicaban a las tareas más perentorias.
—¿No es todo esto un sueño? —exclamó Bo.
—No, niña, no; todo es muy real, terriblemente real —contestó Elena—. Ahora que ya estamos aquÃ, después de tan larga cabalgata, podemos dedicarnos a pensar con calma en nuestra situación.
—¡Es tan hermoso este sitio, que me gustarÃa que tardáramos en salir de aquÃ! —manifestó Bo.
—¡Qué dices, chiquilla! —reprendió Elena—. Piensa en los años del tÃo Al y en su ansiedad.
—No sentirá la menor inquietud si conoce a Dale.