El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—¡Si el mismo Dale nos ha dicho que nuestro tío no le quiere!

—¿Qué tiene esto que ver para la confianza que pueda merecerle? Lo que te digo ahora es que no sé qué puede más en mí, el hambre p el cansancio.

—Pues yo no podré comer esta noche —objetó Elena.

Al desperezarse y estirar sus miembros fueron tales sus dolores que experimento por unos momentos la consoladora sensación de la muerte. Hubo un instante en que creyó morir, lo cual la lleno de alegría. Entre el tamiz de los pinochos vio una pálida estrella sonriéndole compasiva desde el oscuro cendal del cielo. La débil luz crepuscular desaparecía de prisa. El delicioso y sedante silencio de la Naturaleza no tenía más interrupción que el dulce y susurrante rumor del agua. Elena cerró los ojos, disponiéndose a dormir. El malestar de su cuerpo cedía tan sólo paulatinamente. En algunos puntos los huesos parecían haber perdido la carne que los cubría. En otros las punzadas y los dolores eran verdaderamente horribles. Los músculos recuperaban lentamente su elasticidad. La sangre arrastraba un verdadero torrente de fuego por sus venas.

Con la cabeza de su hermanita apoyada en el hombro, Elena empezó a perder la intensidad de las sensaciones.


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